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Outro globo no millo

31.07.2010, 23:04 Serxio González

Verne lo soñó, Alfonso Lubián lo hace realidad. El tiempo en el aire pasa volandoHay literatura, cinematografía y refranero abundante sobre el asunto de los globos. Hay quien lo lleva al salir de la taberna, quien escribe sobre cinco semanas a bordo de uno de ellos y quienes protagonizan parte de una película tirando de válvulas y quemadores mientras tratan de cruzar otro globo, el terráqueo, en ochenta días y los que hagan falta por una apuesta. En realidad, volar en uno de ellos es un absoluto e inesperado placer. Un momento demorado de sorprendente tranquilidad en una cesta suspendida entre cien y doscientos metros sobre el suelo con completa naturalidad. Si el hombre guardase algún extraño secreto en sus genes que le permitiese surcar los cielos, sin duda tendría algo que ver con un globo.

Alfonso Lubián maneja el juego de aire caliente y frío, de alturas divergentes y matices ondulantes con incontestable maestría. Hace 31 años que se enganchó a esta particular manera de volar. Un buen día partió de la plaza de A Ferreiría, en Pontevedra, para tirar unas fotografías con un piloto vasco. Desde entonces, no se ha bajado de esta nube sublime. Durante un largo tiempo, un par de compañeros, Jesús y su hijo, le dieron la réplica desde A Coruña. Ahora, sin embargo, el suyo es el único globo que que vuela en Galicia para el público.

Despedidas de soltero, bodas, eventos de cualquier tipo, la iniciativa de la bodega Valmiñor, que permite que este pequeño sueño continúe haciéndose realidad. Cualquier excusa para despegar es buena. Olvídense de vértigos y alergias a la altura: «El vértigo -explica Alfonso- es un problema referencial. Como aquí no tienes referencias con las que poder comparar, no hay vértigo».

Lo que dice suena sensato. Hemos zarpado de la playa de Ladeira, en Baiona. A bordo viajan Amaya González y su hijo Carlos. En un instante, sin un mal movimiento, hemos ganado un centenar de metros. La desordenada urbanización de la costa galaica nos saluda desde abajo. «Es la única nave aérea en la que puedes hablar con la gente mientras vuelas», apunta Alfonso al tiempo que cruza unas palabras de viva voz con una familia que disfruta de su jardín: «Ao volver, collémosvos a merenda».

Mientras se infla, el globo es como una enorme cúpula que puede observarse desde dentro. Después, la temperatura interior del propano oscilará entre los 90 y los 120 grados. Nosotros, ni nos enteramos. Sí lo hacen los canes de las casas que sobrevolamos, desesperados en sus ladridos. Avanzamos hacia el alto de A Groba. Es entonces cuando Alfonso manda parar. Con exactitud de cirujano, dirige una «caída de obispo, como un señor», en una finca sin labor, rodeada por cosechas de maíz. Las vacas pueden estar tranquilas. Non hai globos no millo.

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